La reserva cognitiva es la capacidad del cerebro para resistir o compensar daños provocados por el envejecimiento y permite, además, una mejor adaptación a los cambios provocados por enfermedades neurodegenerativas, procesos fisiopatológicos o envejecimiento. ¿Cuáles son los beneficios y cómo podemos desarrollar esa reserva cognitiva?

El concepto de Reserva Cognitiva es una concepción bastante nueva desarrollada por el psicólogo estadounidense Yaakov Stern en el año 2002, y se define como la capacidad de adaptación de la cognición frente a los cambios cerebrales provocados por enfermedades neurodegenerativas, algún proceso fisiopatológico, o alteraciones asociadas al envejecimiento biológico. Es lo que permite sostener las funciones cognitivas a pesar de la presencia de alguna patología cerebral, y su constitución se desarrolla a lo largo de toda la vida practicando actividades de tipo intelectual, social, tipo de ocupación laboral, aprendizaje de una segunda, tocar algún instrumento y actividades físicas que ayuden a fortalecer las redes neuronales y a incrementar la plasticidad cerebral para adaptarse a las eventuales adversidades neurológicas que pudieran ocurrir.
Las investigaciones previas sobre los efectos de la Reserva Cognitiva avanzaron enormemente gracias al “Estudio de las monjas” de David Snowdon para la Universidad de Minnesota, en 1986, con el que se logró comprender el deterioro cognitivo asociado al envejecimiento y a la enfermedad de Alzheimer. Snowdon trabajó con unas 678 monjas de la congregación de las Hermanas de Notre Dame, en Baviera, cuyas integrantes tenían un promedio de 83 años, mayormente maestras y profesoras con condiciones físicas y mentales variadas. Los resultados arrojaron que actividades como la lectura, la escritura, el sostenimiento de relaciones sociales y afectivas y una alimentación adecuada eran los factores más influyentes para promover un buen grado de rendimiento cognitivo.
“El concepto de reserva en neuropsicología se utiliza para dar cuenta de la separación entre un daño cerebral o patología y su manifestación clínica. Hay dos modos de aproximación a este fenómeno. Uno hace alusión al concepto de reserva cerebral, que alude a diferencias cuantitativas como aumento de materia gris, mayor cantidad de neuronas o de redes sinápticas, es decir, aquello que permite la comunicación y transmisión de información a través del sistema nervioso”, subrayó Wanda Rubinstein, asesora de Manantial Grupo Humano, Investigadora CONICET-UBA y coordinadora del Centro de Investigaciones en Neurociencias y Neuropsicología de la UP. Y continuó: “El segundo tipo de reserva cognitiva hace referencia a las diferencias en los procesos cognitivos de cada persona que permiten hacer frente, en mayor o menor grado, al daño cerebral”.
Esa reserva cognitiva explica las diferencias individuales en la capacidad de resistir el avance de la edad y las enfermedades neurodegenerativas. “Las personas con mayor reserva cognitiva tienen más capacidad de enfrentar el avance de la patología cerebral mucho antes de que empiecen a aparecer los síntomas, porque cuando comienzan a producirse esos cambios cerebrales las diferencias interpersonales pueden influir en la forma más adecuada de cada persona para afrontarlos”, sostuvo Explicar Romina Tirigay, psicóloga especialista en neuropsicología e integrante del Centro de Investigaciones en Neurociencias y Neuropsicología de la Universidad de Palermo.
Rubinstein respondió a un interrogante que se hace toda persona desconocedora del tema: “Todos poseemos la capacidad de generar reserva cognitiva, solo se trata de entrenarla. El cerebro tiende a realizar las tareas cognitivas por sus caminos convencionales, así que generar desafíos cognitivos promueve la necesidad de recorrer nuevas rutas. Hay que recordar que hasta los 90 años existe la posibilidad de generar neuronas nuevas”.
A pesar de que podemos desarrollar reserva cognitiva, y que la misma depende de factores educativos o de hábitos y temas culturales, Rubinstein advirtió que también está determinada por factores genéticos. “Para estimar la reserva cognitiva de un sujeto se utilizan una serie de indicadores que refieren a las diferencias individuales constituídas por factores genéticos y ambientales. El uso de una sola medida de estas no aporta una imagen completa de la reserva cognitiva de un individuo porque la misma resulta de una combinación de experiencias y actividades a lo largo de la vida”, afirmó.
Asimismo, Tirigay manifestó que esa reserva se asociaba al nivel educativo, aunque también hay que considerar el tipo de ocupación, actividades físicas o de ocio y la socialización. “Cada uno de estos factores y actividades tienen peso diferencial en la reserva cognitiva de los individuos”, aseguró.
Si todas las personas somos distintas, significa que también toleramos de otro modo los efectos del envejecimiento y las eventuales enfermedades neurodegenerativas. Entonces, ¿cómo se relaciona esto con la reserva cognitiva de cada individuo?
Rubinstein indicó que el envejecimiento de cada uno depende de múltiples factores como la genética, lo social, el estilo de vida o el manejo del estrés. “En el desarrollo de las enfermedades neurodegenerativas también existen factores de riesgo modificables y otros que no son modificables, como la edad y los antecedentes familiares”, remarcó la especialista que trabaja en Grupo Humano Manantial. Y agregó: “Aproximadamente el 40 % de la demencia es atribuible a factores de riesgo modificable. En un estudio reciente de Latinoamérica, la proporción de casos que podrían prevenirse si se eliminaran 12 factores de riesgo modificables en Argentina es de 55,8 %. Si bien este estudio se hizo con 12 factores, actualmente se consideran 14 incluyendo la pérdida de visión no tratada y colesterol LDL alto”.
